Joy’s Miracle

LA NIÑA QUE SE TRAGÓ UN RUISEÑOR

Cuando llegué a Áfrika me enamoré de su vida, de su color, de sus gentes, de esa alegría constante que lo llena todo, incluso los momentos tristes, y de esa forma tan suya, de explicar la vida en forma de cuentos en los que los animales transmiten las enseñanzas a través de sus cualidades o valores. Esta historia, está también llena de esos elementos, pero es tan real, que supera, sin duda alguna, cualquier ficción.

“Cuando la conocí podría decirse que tenía toda la luz del sol en la mirada. En aquel momento era imposible vislumbrar su secreto, su don escondido que estaba esperando para explotar en colores.

Yo había pasado con los años de ser un frágil y volátil pajarillo rojo a convertirme en león, y tenía toda la decisión del amor empujando mis talones.

 

Atardecía, y entre las luces y sombras, el sonido de las garzas y las ranas, apareció Joy.

A penas levantaba unos palmos del suelo, pero se veía la grandeza de sus ser en su determinación y su sonrisa.

En Afrika los días se estiran como un chicle; en una semana cabe un universo entero de aventuras y risas.

En solo una mañana habíamos encontrado todo un hogar.

Sin duda fue todo un flechazo, y era inevitable sentir una mano invisible guiando cada paso.

Y como en toda relación, pasamos de la conexión y fascinación inicial, al conocimiento profundo los unos de los otros… entonces la oí.

Mis ojos se abrieron de asombro, y mi alma se expandió de dicha, ¡parecía un milagro que de un cuerpo tan pequeño pudiera salir esa voz!

Su madre me explicó luego, que cuando era niña se tragó un ruiseñor y que desde aquel día todos sus pensamientos se volvían canciones.

En Áfrika las mujeres al ser madres pierden el nombre, y van adquiriendo el del último hijo, en este caso, aunque Peace es la más pequeña de sus hijas, hablaré de ella como Mama Joy.

Mama Joy era como un avestruz, serena y elegante a pesar de que en su casa solo entraba un colchón y un inmenso montón de ropa que cosía día sí y día también.

Su hogar parecía un nido de hadas; lleno de hilos, colores y risas constantes de: Airine, que significa paz y es como una hermosa cebra, con la elegancia de su madre pero la fuerza, el impulso y la libertad de carácter de su padre. Winnie, dulce, cariñosa y fiel como un pequeño cachorrito; Joy, que tenía genes de garza rosa hasta que se tragó el ruiseñor, y Peace, sigilosa y enigmática como un felino.

Solo había un varón en aquel nido, pero el maleficio de una bruja quiso que solo hubiera mujeres en aquella familia, y le obligó a partir demasiado pronto. El amor desmedido de todas sus hermanas, intercedió para que una vez llegado al cielo pudiera volver a bajar en forma de mujer a través de la mayor de ellas pero con el mismo nombre: Dennise.

Vino en silencio y por sorpresa, colándose como en un suspiro cuando Airine le pidió a su padre que la dejara volver a estudiar en el lugar de su hermano.

El día que Joy se tragó el ruiseñor Peace aún no había nacido, Denise seguía siendo un chico y Winnie se desmayó del susto. Airine que la cuidaba cuando todo ocurrio se tragó de golpe sus primeros trinos.

Durante tres meses seguidos no paró de cantar, hasta que se dio cuenta de que para parar, debía cerrar la boca.

Fue una noche de lluvia de estrellas fugaces cuando Peace aguzó el oído y escuchó aquel canto…No pudo reprimirse de despertar a Joy, en algún lugar, un grupo de jilgueros, le cantaban a la luna, y sus voces parecían poder crear caminos.

Como hipnotizada, siguiendo la música, Joy empezó a andar.

Con el amanecer llegó a New life.

Todo un mundo nuevo se abrió ante sus ojos asombrados. No hubiera imaginado el Paraíso más hermoso. Aquello parecía el Arca de Noe: Niños con dones de todas las especies; sonrisas tan grandes y tan frescas que parecían paraguas invertidos llenos de rocio y vida.

Tenía que quedarse allí.

Los jilgueros entonaban armoniosas melodías llenas de amor y agradecimiento a Dios y al mundo por estar en él. Pero les faltaban letras. Y Joy, podía sentir el aleteo alborotado del ruiseñor en su pecho tratando de hacerla abrir la boca, pero ella, no habló.

Cada amanecer se levantaba viendo el saludo entre el sol y la luna para poder hacer a tiempo la enorme distancia que separaba su casa de New Life… y cada anochecer hacia durante un par o tres de horas el recorrido inverso. Caminaba impulsada por esa fé inquebrantable de que un día también ella podría quedarse allí y dejar un poco más de espacio a su madre y sus hermanas en aquel único colchón pequeño que componía su hogar.

Joy soñaba con ser médico y música,  algo en sus ojos lo decía.

Dicen que los ruiseñores son capaces de percibir el néctar de las flores y sentir su olor a través de las plumas, como los colibrís. Y fue ese especial sentido quien la guió hasta encontrarme a mí. Siguió el olor a mundo, a sueños, el olor a piruletas de corazón que siempre hacen reír.

 

Fue ella quien luego me dijo que yo era un león, pero que olía a rosas con un toque de ámbar y jazmín. Solo un ave acostumbrada a extraer lo mejor de las flores podía haberme definido así.

Sin duda fueron sus ojos los que me convencieron, porque su boca, cerrada a cal y canto guardaba su secreto.

Sus ojos, y una pequeña nota en un trozo de papel recogido del suelo en el que ponía: “Me llamo Joy y necesito que me hermanes”

Cuando llegué al New Life pensé que no podía tener un nombre mejor escogido, y el encuentro con Mama Deborah, fue de esos que merecían haber sido grabados. Sin duda, ella también era un león, pero a la vez, tenía las cualidades de la vaca sagrada, tanto en India, como en Escocia, y en diferentes lugares y culturas la vaca genera un gran respeto, porque es sustento y protección; mama Deborah demostraba en cada paso una fuerza firme y serena, la determinación de un torbellino pero el amor y los cuidados de la más amorosa de las madres.

Cuando me miró, cuando nos miramos, el reconocimiento fue mutuo, y me lo dijo más tarde, que al igual que yo en ella, pudo ver en mí, el don de la visión, de poder mirar más allá de lo evidente, y centrarme en la meta, con la certeza de que el camino, no era un obstáculo, sino la forma de llegar a alcanzarla.

 

El don de Joy iba mucho más allá de su propia voz. Fue ella quien puso letras infinitas a todas esas melodías inacabadas que tarareaban los jilgueros de aquel hogar.

Y como antes decía, a la vez, fue sacando con cada palabra cantada y entregada, lo mejor de cada uno. Su propia identidad: la francesa elegancia y sutil sensualidad de Martha, el imparable ritmo acrobático de Kato y Wasswa, la autoestima, la estrella y la luz de Cate…

Cada canción, cada ensayo, iba sanando sus heridas.

 

Su magia también tuvo efecto en mi, y en mi compañero de vida que siempre va apoyando mi locura y cincelando mis sueños. Y a pesar de ser un leve pajarillo con desafinados rugidos y peor ritmo y movimiento, nos envolvió su música, y de forma milagrosa fuimos tejiendo puentes, construyendo o reconstruyendo canciones con las que construir un mundo nuevo; una nueva humanidad, con brillo de estrellas, ritmo de tambor y niños de colores que rien en idioma universal, cantan en amor y bailan bajo un mismo sol.”

Ha este cuento inacabado… se han ido sumando tejedores de historias, constructores de puentes, locos de remate y algún que otro cuerdo que ante el milagro de Joy descubre que no hay mejor cordura que el creer y dejarse llevar.

Algunos son raíces, otros ramas, otros hojas pasajeras que se las lleva el viento… todos únicos e irrepetibles, todos necesarios…

Y quizás tú, que escuchas este cuento, si prestas atención y te dejas inundar por la voz y las palabras que se han hecho canciones para abrazar al mundo en este Safari, este Viaje interminable… te transformes también, y saquen lo mejor de ti, envolviendo tu vida, tu ser, con EL MILAGRO DE JOY.